06.dic.2016 | Carrucel

Empresa Familiar: Una realidad que revoluciona la vida laboral (Primera parte)

Hay jóvenes independientemente de los años y el estado de sus huesos. Los llamo los sin edad. Están los del no se me ocurre, los que no se prepararon para vivir lo que les tocó en suerte. También existen los indecisos, los que están a punto de jubilarse, y ven el día de la despedida como la hora en que finalmente podrán “romper las cadenas y ser libres”

“Somos demasiado contemporáneos”
Mendieta, el perro, de Inodoro Pereyra, de Roberto Fontanarrosa.

Si nos damos una vueltecita por Google, buscamos “personas mayores” y encontramos 18.300.000 en 0,58 segundos. Si le pedimos datos al Google en inglés, nos devuelven 20.500.000 resultados en 0,64 segundos. Tanto escrito y tanto pensado para poder entender una situación con valor de paradigma: cada vez es más grande el juego que nos ofrece la vida para una plena estadía en ella.


Podemos entender que haya millones de páginas dedicadas a los padres despistados sobre el cuidado y la educación de su bebé, otras tantas que aconsejan sobre cómo llevarse con un hijo adolescente en casa. Muchas sobre la crisis de los cuarenta, de la que nosotros, en estas columnas hemos tratado oportunamente para ayudar a pensar una identidad soñada, una vocación.


Pero que haya millones de páginas vinculadas a la mejora del tren de vida de las personas mayores, en sólo dos búsquedas puntuales -me aterra seguir indagando en otros idiomas y regiones- indica que estamos verdaderamente frente a una epidemia de “desubicados” en sus propias edades.

En esta ocasión voy a permitirme clasificar burdamente a los “mayores” en tres enormes masas de formas de pensar y actuar. En la sociedad actual conviven personas que claramente son jóvenes independientemente de la edad y el estado de sus huesos, y buscan  vivir cada vez mejor con bonhomía y hedonismo. Los llamo  los sin edad.


Están también los del  no se me ocurre, los que no se prepararon para vivir lo que les tocó en suerte. Por ejemplo, ocuparse de sus padres más ancianos, los que cuentan los días que les falta por vivir. Esta parte de la población añosa lo quiere todo ya. Son la clientela asegurada de los libros de autoayuda: “Sea Feliz Hoy”- “ Levántese con una Sonrisa y su Risa será Maravillosa” - “Cómo Llegaron A Ser Quienes hoy Son los Triunfadores” y sigue el inventario de tantos “Hágalo Hoy” “Hágalo ya”.  Sabemos que esos títulos terminan en la basura, pero se llevan parte de las expectativas y el entusiasmo del que compró esa tabla de salvación.

El camino que les queda está tapizado de las dolencias y el tranco cotidiano de los visitas al médico o a las guardias nocturnas, de las que salen con un tranquilizante entre los labios, porque en realidad la única enfermedad que sufren es el hastío. Y aquí llegamos a la tercera clasificación: los indecisos.


Entre los indecisos, que parece que la tienen clara, incluyo a los que están a punto de jubilarse, y ven el día de la despedida como la hora en que finalmente podrán “romper las cadenas y ser libres”. Sólo les sugiero que si no se toman a su debido tiempo la programación para el día después, para proyectarse para los 30 años que tienen por delante, se pueden llegar a deslizar por un tobogán de amarguras, desilusiones y lo peor, las enfermedades. Porque de algo hay que ocuparse. Soy partidario, para los tiempos  que corren, de que hay que aprender a vivir, no a sobrevivir.





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