24.oct.2016 | Empresa Familiar

Empresa Familiar: Cómo asumír el desafío de ser mayor (Primera parte)

Una persona de 60 años, hoy, no es más un “sexagenario”, vuelve a ser un par entre pares, está a la altura en conocimientos, integración, y salud (sin síntomas) y tiene su lugar en la mesa de jóvenes en la cual antes quedaba segregado.

Ante todo una aclaración: voy a comenzar esta columna con la mención de una galería de personajes reales que nos acompañaron en la niñez, la adolescencia y aún en los tiempos de la adultez. Como para poder poner la sintonía justa a lo que verdaderamente quiero transmitir en este artículo. Se trata de espectáculos en vivo a los que asistí en los últimos tres años.

Vi a Charles Aznavour, con 90 años en escena, cantando como si fuera la primera vez. También a Paco Ibañez, de más de 80 años, con la voz cascada pero orgullosamente desplegada en el escenario, o a Joan Baez, con su pelo canoso y su guitarra y su voz incólume. Pero también tuve el gusto de ver a un Marcel Marceaux, el mimo, despidiéndose de su público con 95 años. Tuve además el privilegio de ver y oír a Monsterrat Caballe, de 83 años, a Placido Domingo con los 76 años recién cumplidos. Incluso asistí a una noche de jazz con Woody Allen, de 80 años, que aún escribe y dirige películas frescas y sabrosas.

En la publicación pasada, comenté acerca de las sensaciones que me produjo la película Youth, con Michael Caine y Harvey Keitel, los dos actorazos de 80 años, interpretando a dos personajes de 80 años. Ustedes se preguntarán si tengo la manía de contemplar sólo espectáculos que involucran a gente de 70 años en adelante, y quisiera aclararles que no.

Que también asistí a la presentación de los Niños Cantores de Viena y la pasé fenómeno.

 

Sin documentos

Entonces aquí comienza este artículo: Vejez y senilidad no van de la mano. Observando a estos personajes mayores del espectáculo, me pregunté: ¿Qué edad real sentían que tenían, en comparación con la edad que les revela el documento? Lo resolví muy fácil. Con mi trabajo de Mentor, por el cual tengo abrochado en el calendario un mínimo de seis viajes intercontinentales por año, y recorridos dentro de Europa y América, ando con mis maletas y con la explicación de mi edad: siento y digo que tengo 43 años + 30 años de experiencia. Este concepto puede ser copiado perfectamente. Si lo sienten, lo precisan y les enorgullece, tienen permiso para utilizarlo.

Por lo general, y ésa es mi experiencia, toda persona mayor de 60 años con la que trabajé se identifica con un perfil de edad menor que su edad cronológica. Como esto es muy de nuestra época, no tenemos patrones de conducta sobre “cómo debe comportarse o pensar un adulto de 60 años en adelante”. No hay parámetros de comparación con sus padres y menos con sus abuelos. Han cambiado todos los paradigmas.

¿Cómo veía un joven de 15 años a su padre de 60 años hace medio siglo? ¿Como ve hoy, un hijo de 15 años, a un padre de 60 años? En la esfera familiar se producía un fenómeno particular con las personas que empezaban el curso de los 60 años: estaban sentados a la misma mesa con los jóvenes, pero no compartían la conversación.

El sexagenario -así lo denominábamos- quedaba fuera de la conversación, aislado, y por consiguiente, cada vez más solo. Los sexagenarios manifestaban dolencias, malestares varios y en nuestra ignorancia no comprendíamos  que tan sólo eran llamados de atención, y terminábamos en la consulta de un geriatra, recurríamos al orden médico, porque no existían otras soluciones para sus malestares.

El cambio de paradigma en la actualidad es tan notable, y permite inferir lo que José Ortega y Gasset plasmó en su frase “yo soy yo y mis circunstancias”.

años. Tuve además el privilegio de ver y
oír a Monsterrat Caballe, de 83 años, a
Placido Domingo con los 76 años recién
cumplidos. Incluso asistí a una noche de
jazz con Woody Allen, de 80 años, que
aún escribe y dirige películas frescas y
sabrosas.
En la publicación pasada, comenté
acerca de las sensaciones que me produjo
la película 
Youth, 
con Michael Caine y
Harvey Keitel, los dos actorazos de 80
años, interpretando a dos personajes de
80 años. Ustedes se preguntarán si tengnte todo una aclaración: voy acomenzar esta columna con lamención de una galería depersonajes reales que nos acompañaronen la niñez, la adolescencia y aún en lostiempos de la adultez. Como para poderponer la sintonía justa a lo queverdaderamente quiero transmitir en esteartículo. Se trata de espectáculos en vivoa los que asistí en los últimos tres años.Vi a Charles Aznavour, con 90 añosen escena, cantando como si fuera laprimera vez. También a Paco Ibañez, demás de 80 años, con la voz cascadapero orgullosamente desplegada en elescenario, o a Joan Baez, con su pelocanoso y su guitarra y su voz incólume.Pero también tuve el gusto de ver a unMarcel Marceaux, el mimo,despidiéndose de su público con 95años. Tuve además el privilegio de ver yoír a Monsterrat Caballe, de 83 años, aPlacido Domingo con los 76 años reciéncumplidos. Incluso asistí a una noche dejazz con Woody Allen, de 80 años, queaún escribe y dirige películas frescas ysabrosas.En la publicación pasada, comentéacerca de las sensaciones que me produjola película Youth, con Michael Caine yHarvey Keitel, los dos actorazos de 80años, interpretando a dos personajes de80 años. Ustedes se preguntarán si tengo





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